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SÓLO PARA ENTERADOS

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Húbert Ochoa (Twitter: @huberochoa)

HISTORIAS DE TERROR

“Tú decides: o te dejas de chingaderas o te mando a la cárcel”, espetó Manuel Salinas Solís al cabecilla de una organización campesina. Antes lo había abofeteado en una actitud infame que corroboró el poder casi omnímodo de ese nefasto secretario particular del gobernador Absalón Castellanos Domínguez quien, con abierto libertinaje, enclocó y abrigó las arbitrariedades y las raterías en ese sexenio de anarquía política.

El líder campesino encabezaba un plantón frente al palacio estatal exigiendo recursos para programas productivos. Una tarde, mientras repasaba el plan de acción, un propio bajó del palacio para decirle que el “licenciado Salinas” deseaba verlo por instrucciones del gobernador Castellanos, pues ya tenía respuesta a su solicitud.

Regordete, de baja estatura, cabello lacio, arrebujado en ropas de mezclilla, el adalid comunicó a sus partidarios que pronto regresarían a las comunidades luego de 17 días de paro en la plaza cívica, porque la solución al conflicto ya se cocinaba en la intimidad del palacio.

En una elegante oficina, Salinas Solís aguardaba al representante. Estaba sentado a horcajadas en un sillón forrado en piel de color negro. Arropado en una fina guayabera blanca de cuatro bolsas, un pantalón caqui de la marca paco rabanne y mocasines aristocráticos hush puppies de color café, fumaba un puro cubano lanzando enormes buches de humo.

-Que pase ese cabrón, ordenó a un timorato asistente.

Salinas colocó el puro en un cenicero de delicado cristal cortado que descansaba en un escritorio de madera de álamo. Lanzó otra fumarada. Sus ojos de hiena brillaban maléficamente. Se acomodó las gafas y vino una reacción propia de un tirano:

Con la mano derecha tomó del cuello de la camisa al dirigente. Lo zarandeó un par de veces. Y le dijo: “No que muy hombrecito. Grita, pues. Aquí quiero que grites como gritas allá abajo, pendejo”. Y le dio dos cachetadas que enrojecieron sus gordas mejillas.

Un séquito de hombres al servicio del secretario particular inmovilizó seguidamente al dirigente. Lo bajaron por una puerta secreta hasta el sótano. Lo encerraron en un cuartucho pestilente. Luego lo acomodaron en la cajuela de un coche y, ya de noche, lo soltaron entre los espesos matorrales a la altura de El escopetazo.

-TÚ LA SECUESTRASTE, CABRÓN-

Otra historia:

Bersaín es hoy un joven de 36 años que estudió la carrera de medicina. Su padre es velador de un cine de la capital y su madre ama de casa. Tiene tres hermanos. Uno de ellos se lanzó en busca del sueño americano y radica en los Estados Unidos con más penas que gloria.

Bersaín es un joven sano. No es feo. Terminó sus estudios en la Universidad Autónoma de Chiapas pero al no poder emplearse y presionado por los problemas económicos del clan optó por arrojarse a una aventura que por poco le cuesta la vida.

Una mañana se dirigió a la policía estatal y solicitó su ficha de ingreso. Eran los tiempos del pabliato.

No le hicieron dar muchos molinetes pues sólo le pidieron juntar sus documentos y llevarlos para que, en el acto, le dieran una plaza como agente de la Agencia Estatal de Investigaciones, esa terrorífica policía cuyo reino era la igualdad y su lujo la soberbia.

Acostumbrado a asistir a misas dominicales (incluso domina todos los misterios del rosario), durante seis meses el muchacho trabajó con magnánima disciplina que le valió el respeto de sus compañeros.

El encanto se desmoronó una tarde cuando el grupo elite del que formaba parte lo llevó a las oficinas del comandante en jefe. El jefe era un hombre de aspecto gansteril. Mirada torva, dientes retorcidos y sarrosos, manos grandes y frente ya surcada por algunas arrugas. Ojos gatunos y mal hablado, de lenguaje corriente y soez.

Bersaín pronto descubrió porque estaba ahí.

-Hay una bronca muchachito. Tú dirás que participaste o te carga la chingada. Aquí no hay de otra: o te culpas o te culpas.

Un temblor intenso recorrió la humanidad de aquel joven. Su odisea apenas iniciaba. Se frotó las manos sudorosas. Estaba aturdido, presa del miedo. Divagó algunos segundos. Y luego con voz trastabillada respondió al jefe:

-Jefe no sé de qué me habla. Yo no he hecho nada, se lo juro por mi madrecita.

El jefe estaba sentado sobre un escritorio metálico pintado de color amarillo, vetusto. En la pestilente oficina también había un ventilador de pedestal que emitía borrascas de aire caliente en un ambiente tenso.

De jeans, camisa de cuadros y botas de vaquero, charola y una pistola al cinto, el comandante encaró a Bersaín. Con la mano izquierda lo tomó bruscamente de los cabellos y con el puño de la derecha le proyectó un moquetazo en el rostro que le hizo ver lucecitas.

-No se haga pendejo cabrón. Sí sabe de lo que le hablo. Usted secuestró a la vieja. Hay testigos. Lo vieron.

A partir del falso testimonio del comandante y de sus subalternos, Bersaín fue acusado del secuestro de una mujer. La presunta víctima, dedicada al tráfico de humanos (pollera), confesaría después a los padres del chico que había sido presionada para testificar en contra de Bersaín. Y estaba cansada, además, de los sobornos y chantajes de ese comandante que, colmado de impunidad, había encontrado en la coacción de personas un modus vivendi.

El círculo vicioso que se confeccionó para inculpar a Bersaín un delito que jamás cometió, se debió a que los superiores del comandante ya le seguían los pasos porque olían sus perversas y sucias maniobras para hacerse de dinero. Con la incriminación de Bersaín, el comandante simuló un golpe espectacular y no solo distrajo la atención de los altos mandos, sino que además fue condecorado y jamás se le volvió a molestar.

Después de un auténtico calvario, de vender su casa y peregrinar de abogado en abogado y de juzgado en juzgado, los padres lograron que su hijo obtuviera su libertad casi un año y ocho meses de permanecer recluido en el penal, en donde una noche sufrió un atentado a golpes y con armas punzo cortantes que casi pierde la vida.

Hoy Bersaín trabaja en una clínica de la capital.

OTROS TIEMPOS

Los atropellos cometidos en gobiernos del pasado llevaron a muchos inocentes a las cárceles chiapanecas. El de Bersaín y el del dirigente campesino son sólo dos casos más que se acumula a un extenso y doloroso expediente que abrió muchas heridas difíciles de cicatrizar.

La libertad de las personas es imprescindible en una sociedad democrática y civilizada. Y la nuestra lo es ahora. Torcer esa libertad o cercenarla en el peor de los casos es un atentado a las leyes que vulnera el Estado de Derecho y puede llevar a un pueblo a aplicar la justicia en mano propia, hasta hacernos sucumbir en la ilegalidad.

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